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jueves, 8 de febrero de 2018

CIUDADANO DEL MUNDO


      

      El 4 de julio de 1776 (faltan cuatro meses para celebrar los 200 años) se firmó la Declaración de Independencia de los pueblos de Norteamérica. Thomas Jefferson, el más joven y progresista de los miembros del Congreso Constituyente, después primer magistrado de la nación, se acercó un día a un hombre de aspecto miserable, casi un mendigo y le dijo:
         -Paine: hemos incorporado muchas de sus ideas a la Declaración de Independencia y estamos en deuda con usted por haber adoptado el nombre que usted sugirió de “Estados Unidos de Norteamérica”.
         Aquel Paine, que andaba muchas veces andrajoso y borracho, había sido nada menos que el teórico de la revolución. Corsetero de oficio, dejó su patria, Inglaterra, y se vino para tierras de América en busca de la libertad. Sólo poseyó en la Gran Bretaña dos amigos y una mujer. Con sus jóvenes camaradas se reunía todas las noches a tomar cerveza, a olvidar miserias y a hacer planes. Pero un día uno de los amigos, el más joven, aprendiz  de zapatero, robó dos libras y ocho peniques, unos ciento cincuenta bolívares. La justicia inglesa fue inflexible y el Consejo del Niño no existía. Todo Londres se vistió con sus impulsos más primitivos y se tomó un día de asueto para la gran apoteosis de ver guindar a un infeliz. También los dos amigos que le vieron morir, ahorcaron sus últimas ilusiones.
          Paine entonces se dio a beber y beber, y a leer y leer, buscando una respuesta a lo extraño del mundo. Cuando recibió el otro golpe, la muerte de su mujer, una doméstica, resolvió dejar Inglaterra para buscar en América la salvación de su alma y de su cuerpo.
          Llegó a Filadelfia, la capital de Pensilvania, y se debatió en la pasantía de miseria de todo inmigrante, hasta que sus dotes de escritor lo llevaron a jefe de redacción de una revista que se fundaba para apoyar la causa independentista. No ganaba mucho pero pudo comprar levita y peluca mientras sus artículos causaban sensación entre los lectores del Pensylvania Magazine.
     Estalló la guerra de liberación. Thomas Paine, fervoroso independentista, sufría con los reveses militares de sus amigos. Entonces fue cuando concibió redactar uno de los libros más célebres que se hayan escrito en el mundo: El Sentido Común, escrito por un inglés. Folleto más que libro, pero fogoso, nuevo, lleno de toda la pasión y el sentido práctico que puede caber en el alma de un corsetero ilustrado.

miércoles, 7 de febrero de 2018

DEUDA QUE NO HAS DE BEBER, DÉJALA CORRER


        Preguntaron a un maracucho
        -¿No le parece que está muy feo el panorama mundial?
        -No lo sé porque yo lo que leo es el “Panorama” de Maracaibo.

        Verdaderamente que el panorama de la tierra es como para cerrar enseguida la ventana. ¿Qué pasa, señores del gran capitalismo que el mundo marcha hacia tan terrible hueco? ¿Qué se fizo el gran Roosevelt? Los sabios Keynes de la fuerte Albión ¿qué se fizieron? ¿Qué fue del pan y del amor que prometieron? ¡Qué soledad en este laberinto de crisis!, como diría el gran escritor y reaccionario mexicano Octavio Paz, (paz a sus restos).
        Lo único verdaderamente cierto, sólido y aterrador es que los países de Occidente gastan anualmente un millón de millones de dólares en fabricar armamentos. Los fabrican, los prueban y los desechan porque todavía la guerra no viene. Con ese millón de millones –dicen los Premios Nobel de Paz– se acabaría el hambre en el globo para siempre.
        Lo más asombroso y titánico de la actualidad económica es la lucha comercial entre EE.UU y el Japón. La mitad del Japón pertenece a los yankis; pero la mitad de los yankis no consume sino productos japoneses (carros,  motos, radios, zapatos) de mano de obra barata, ayudada por esos obreros que no tienen alma llamados robots.
        Otro cangrejo mundial es la OPEP. De 32 millones de barriles anuales pasó a 16 y sus mismos miembros le hacen la competencia vendiendo el barril con cinco dólares de descuento. En esta crisis la Arabia Saudita, quien domina a la OPEP, sigue tan campante porque ella ha acumulado en los bancos yankis centenares de millones de dólares (dicen que nuestra principal acreedora es nuestra querida hermana mayor de la OPEP, pero ellos se hacen los árabes y nos siguen manejando).
         Los problemas del petróleo no son nada comparados con los de la Deuda. América Latina está sudando dólares de sangre para pagarle a los bancos del Fondo Monetario. El año pasado la sola Venezuela pagó 5.000 millones de dólares, casi todo por interés.

martes, 6 de febrero de 2018

PRÓLOGO AL LIBRO LAS ARTES Y LOS OFICIOS, DE ANÍBAL NAZOA


      

ANÍBAL NAZOA, MAESTRO DE LAS ARTES Y LOS OFICIOS

Aníbal Barca era hijo de Amílcar Barca y hermano de Salambó. Aníbal Nazoa es hijo de Micaela González de Nazoa y hermano de Aquiles.

 A nadie le gusta que le nombren a su progenitora, y menos en un Prólogo, pero aquí es indispensable ya que la señora Micaela es una mujer extraordinaria; no sólo por haber puesto en el embrión de dos de sus hijos el cromosoma del humor, sino porque ella misma es una humorista. Nos tocó una vez viajar con Aníbal, su esposa y su mamá hacia la histórica Villa de Cura y los tramos de carretera no se contaban por kilómetros sino por los chistes y las observaciones ingeniosas de la señora Nazoa.

 Alguien llamó al filósofo Leibniz “Maestro en todos los oficios”, para indicar que sobresalió en multitud de actividades. El rival de Newton en lo infinitesimal vivió “en el mejor de los mundos” y lo dejó saturado de su genio. Aníbal Nazoa no es rival de Newton, pero es un Leibniz a su manera; o por lo menos es un leibniznista.
Son admirables las difíciles facilidades que se gasta Aníbal para multitud de cosas. Tan pronto está en el piano sacando por fantasía el Boris Godunov de Mussorgsky, como dando una conferencia sobre los más remotos orígenes de la canción de protesta, o imitando a dos venezolanos que estuvieron en la Unión Soviética y regresaron hablando ruso entre sí para asombrar a sus oyentes de la Casa del Partido, o fabricando un texto de medicina a su manera pero con inclusión de los más verdaderos y rigurosos términos hipocráticos. Cuando a Aníbal le da por inventar mitología y personajes mitológicos, es de pedirle a Zeus que nos permita coger palco en ese Olimpo.
 Aníbal sabe de todo un poco. Parece hijo del señor Espasa, el de la Enciclopedia, o que se hubiera criado en la casa de la familia Salvat. A veces habla de cosas superficiales con tanta profundidad (por ejemplo de quesos y vinos) que uno se pregunta cómo es posible que Aníbal haya perdido tanto tiempo en aprender cosas tan inútiles.
 Aníbal Nazoa es sin disputa uno de nuestros grandes humoristas. Está entre la media docena de venezolanos que poseen en alto grado esa cualidad que tan admirable, rara y escasa encontraba el señor del Lobo Estepario. Los que lo conocemos bien sabemos que él no es todavía nuestro Mark Twain porque no lo ha querido y que no está en el boom literario porque no ha hecho el esfuerzo.

lunes, 5 de febrero de 2018

LA PRIMERA CAMPAÑA ELECTORAL QUE HUBO EN VENEZUELA



En Venezuela  solo dos hombres han logrado electrizar universalmente a las masas: Ezequiel  Zamora en 1859 y el Mocho Hernández en la última década del siglo pasado (Cuando Jóvito Villalba estaba en auge popular lo llamaban el Mocho Hernández del siglo 20, pero el Maestro no superó a su modelo).

 Hijo de un carpintero isleño, y mocho de un dedo que le seccionó la sierra, José Manuel Hernández se hizo general (“general de agua dulce”, le decían) peleando en Guayana en la llamada Revolución Legalista a favor del gran caudillo Joaquín Crespo y de un doctor Andueza Palacio que se quería alzar con el poder.
Un grupo de muy destacados burgueses, intelectuales y militares residentes en Caracas vieron en el Mocho Hernández al jefe que podría darle prestigio a una agrupación política. Entre estos hombres estaban el doctor Alejandro Urbaneja, político del grupo, David Lobo, Vicente Lecuna, el escritor Urbaneja Achelpohl, el doctor Guillermo Delgado Palacios (eminente científico), Luis Soriano, Casimiro Vegas, Nicomedes Zuloaga, los generales Zoilo Vidal, Barreto Lima, Samuel Acosta, Roberto Vargas y muchos otros.
Pero el Mocho  Hernández desbordaba los moldes de aquel partido y las masas urbanas y campesinas sentían que él era su caudillo. El Partido Liberal Nacionalista que así se llamaba, lanzó un muy avanzado programa de gobierno, el más progresista que hubiere habido  hasta entonces en Venezuela (Valdría la pena de que quienes se interesan por la verdad histórica consultaran el tomo primero de ese monumento de los sucesos patrios que se llama Historia de la Venezuela Política Contemporánea, escrita por el superdotado historiógrafo Juan Bautista Fuenmayor).
El Mocho era afable, honrado, sincero, soñador y una figura verdaderamente carismática. Su retrato llegó a estar en todas las casas humildes y progresistas de Venezuela. En 1897 llegaron las elecciones para presidente de la república y el Partido Liberal Nacionalista (“de los burgueses de Caracas”) lanzó al Mocho Hernández para competir con el General Ignacio Andrade, sostenido por Joaquín Crespo y todo el tren oficial.
Las elecciones no eran directas ni universales secretas, se volaba por el sistema  norteamerIcano de elegir un "compromisario”, quienes unidos designaban al Presidente. Pero por primera  vez votaban los analfabetos y  estos tenían puestas sus últimas esperanzas de redención en aquel gran señor de la política que se llamaba  José Manuel Hernández.

EL ÚLTIMO PRIMERO DE MAYO (1987)


                                 


                         (SUBEN LOS PRECIOS, SUBEN LOS  SALARIOS,
                                     BAJAN LOS ADECOS)

           Dentro de dos años, es decir en 1989, se cumplen cien de haber sido instituida, en el Congreso Internacional Obrero de París, la celebración del Primero de Mayo en recuerdo de cuatro líderes huelguistas que murieron vilmente asesinados en la ciudad de Chicago.  Día de huelga general pacífica en el mundo entero para demostrar la fuerza de los que trabajan. Los que “laboran”, pronuncian en Italia, lo pueden todo; pero el sistema capitalista ha creado una superestructura terrible a su alrededor, especie de bozal cuyos postulados principales son: -el pobre que no trabaja no come-; -si te sales de la Ley te agarra la policía-; sin el dueño, la fábrica no funciona; los ricos gozan en la Tierra pero sufren en el Cielo; vivir en ranchos y covachas no es malo si se vive con dignidad; -el respeto a la propiedad privada es la más sagrada de las virtudes-; la libre competencia (que cada comerciante pida por su artículo lo que le venga en gana) es una bellísima ley económica; -las crisis son fenómenos naturales inevitables-; la inflación no tiene remedio porque es mundial-; sólo los economistas (nuevos sacerdotes con bolas de cristal) pueden hablar de finanzas.         
        Desde 1939 a esta parte, la mayoría de los gobiernos tomaron el Primero de mayo para hacer demagogia social. Cuando triunfaron los adecos en 1945 tuvimos un primero de mayo lleno de banderas blancas, compañeros blancos y frases ramplonas. López Contreras odiaba al Primero de Mayo, pero Medina lo decretó.  Cuando los iniciales comunistas permanecíamos en La Rotunda de Gómez, por allá por los años 1931 al 34, hubo dos notables venezolanos que en la prisión unieron sus estros para crear un Himno al Primero de Mayo. Ellos fueron José Antonio Mayobre, después Ministro adeco, y Angel J. Márquez que llegó a ser un famoso jurista.  “Guarda pan para mayo y malojo para tu caballo”, decían antes porque en mayo es que empiezan a florecer los vegetales. Juan José Delpino no es vegetal pero ha florecido contra la política económica del gobierno a la cual califica como “desastrosa”. De que Delpino tiene razón lo están demostrando ya los hechos. (Este gobierno –dicen los que saben de historia– merece una Delpinada).
       El aumento de salarios va a caer como una llovizna de oro sobre comerciantes y buhoneros. (Un millón de buhoneros ya hay en el país). Todas las medidas precautelativas resultan inútiles porque vivimos sumergidos, casi sin respirar, en el pozo profundo de la corrupción. Las roscas son el poder detrás del trono y ellas no van a permitir que cercenen sus ganancias. 
         Para adelantarse a cualquier aumento salarial las farmacias hacen turnos extras cambiando los papelitos del P.V.P.  (P..obre V..enezolanos P..obres); una bomba antiasmática costaba Bs. 20 y la subieron de repente a 29,75; las arepas aumentaron a diez y más bolívares basándose en que una ex Superintendente de Postración al Consumidor los autorizó (¿desinteresadamente?) a que vendieran las de maíz a Bs. 14; las ferreterías le dan a los clientes con todos sus hierros: un tornillito vale un real y la hechura de una llave la subieron de 5 a Bs. 10. A los taxis le permitieron un aumento del 20% y a los autobusetes ¡qué bárbaros! un real más por cada recorrido parcial. Los autobuses subieron a dos y llegarán a Bs. 4 cuando los pinten, como aconsejó “genialmente” al “hermano” Lucas. La cerveza ya está a Bs. 10 en los bares y 15 en los restaurantes. (Provoca gritar como Cristo: —Señor, Señor, ¿por qué me has abandonado?)                                   Si continúan así las cosas el doctor Lusinchi no va a descender de su trono lleno de gloria. El que pongan los Cisneros en la Presidencia se va encontrar con muchos problemas. Los historiadores del año 2001 dirán: ¿Recuerdan aquel sistema social llamado capitalismo? Cayó porque no supo controlar los precios.

domingo, 4 de febrero de 2018

LA INTROMISIÓN EXTRANJERA EN VENEZUELA


      

      Inglaterra, por conveniencias comerciales, ayudó mucho a Bolívar durante la Guerra de Independencia; pero a veces cesaba en su aporte para no disgustar a los Reyes de España. Sin embargo, en la batalla de Carabobo tuvimos muchas armas inglesas y el heroico contingente de la Legión Británica. Bolívar era decididamente pro inglés, lo que no obstaba para que criticara a veces sus pretensiones imperialistas.
       Los Estados Unidos se abstuvieron en general de ayudarnos; apenas mandaron algunos barcos cargados de harina. Cuando gobernaba Páez, los yankis adquirieron una influencia predominante a través de su diplomático Williamson  quien así lo consignó en su diario. Williamson se quejaba de que El Libertador cuando estuvo en Caracas en 1827, no le ponía muy buena cara. “En cambio, el general Páez -decía él- es todo amabilidad”.
       Tanto influyeron los yankis en Páez que este, una vez derrocado, se fue a vivir a Estados Unidos.  En 1861 le organizaron el regreso a Venezuela, para que viniera a sofocar la Revolución de los Federales.
       En cambio, el General Falcón gozaba de la ayuda británica, a tal punto que barcos de esa nacionalidad protegieron su célebre invasión por las playas de Palma Sola.
        La forma de dominar el imperialismo a los pueblos del Caribe era por medio de una flotilla de barcos apostados en esas aguas. Cuando el general José Tadeo Monagas fue arrojado del gobierno y hecho prisionero, los comandantes franceses e ingleses de los barcos de esas nacionalidades que merodeaban cerca de nuestras costas, amenazaron con desembarcar en La Guaira y hasta con subir a Caracas a libertar al prisionero. El licenciado José Santiago Rodríguez, eminente diplomático del Partido Conservador, nos ha dejado la narración fiel y minuciosa de estas intromisiones extranjeras.
        Como los ingleses protegían a los Federales de Falcón y de Guzmán Blanco, este se valió de ello para conseguir grandes empréstitos, super hipotecando las aduanas nacionales. El primero de esos préstamos se lo repartieron, cuando negociaban el Tratado de Coche, entre Guzmán y el secretario del General Páez. Se ve que la tradición de robarse los empréstitos es bien antigua.

sábado, 3 de febrero de 2018

LA RELÁFICA DE SIMÓN, LA VIDA ES SUEÑO





Nota: Me llamó Simón Díaz por teléfono con la petición de reproducir una Reláfica que yo le redacté hace años y que gustó mucho. 
       Les voy a contar hoy una cosa personal. Algo muy íntimo que me pasó en días pasados. Y se los cuento para que ustedes vean que Simón Díaz, este servidor, a pesar de los pesares, tiene todavía mucha entrada con el llamado sexo femenino.
        Ese día llegué yo retrasado a los estudios de Radio Rumbos, pero al entrar la secretaria me alargó un sobre de un papel muy fino, como de hilo, azul y oloroso. Estuve trabajando como media hora sin poder abrir el sobre, pero lo olía a cada momento. Al fin  lo abrí por arriba y me encontré con esta esquela:
       “Simón,
       Desde que te vi en Venezuela Erótica, aquella comedia que ustedes presentaron en El Ateneo, comprendí que no podía seguir viviendo sin ti. Te espero esta noche a las 7 para que cenes en mi casa. La Lagunita, avenida 3, Quinta Beatrice”.
        Leí la carta y me puse tan alegre que empecé a cantar: ¡Yo tenía una luz que me alumbraba!
        Me fui para la barbería y les dije que me hicieran de todo. Me compré tres corbatas nuevas y me busqué un chofer y un carro grande.
        A las 7 en punto trasponía yo la puerta de la quinta Beatrice y dos porteros muy bien vestidos se inclinaron para saludarme y para que les entregara mi abrigo. Un enano vestido de librea se encargó de guiarme y atravesamos cuatro patios antes de llegar al recibo en donde me esperaba Beatrice.  Al verme se puso de pie y me extendió los brazos y una sonrisa.
        Era como Sofía Loren de alta, pero blanca y sonrosada como Liz Taylor en sus buenos tiempos. Sus cabellos eran negros y caían sobre sus espaldas como una lluvia de azabache.
         –Beatrice Calderón de Fustenbach –me dijo presentándose.
         –Simón Díaz Márquez –le dije yo.
     –¿No recuerdas, Simón, a Calderón, el constructor, que se hizo inmensamente rico cuando Pérez Jiménez? Yo soy su hija. Fui a Italia y me casé con el príncipe Cachicorni de Fustenbach, también muy rico, y enviudé a los seis meses. Ahora mi única ilusión es que me hagas tuya y dispongas, si es necesario, de todos mis bienes.
      –No Beatrice. A mí no me interesan tus bienes. Me interesa solamente tu personalidad  que es maravillosa. ¿Cómo cuánta plata te dejarían entre tu papá y el príncipe? Te lo pregunto solo por curiosidad.
       -Como 35 millones.
      
    En eso comencé a reírme dormido y Betty, mi mujer, tuvo que despertarme.
       –Alguna vagabundería estarías soñando –me dijo– que te reías con tantas ganas.
      –No, mi amor, estaba soñando que había conseguido 35 millones para traértelos a ti...

viernes, 2 de febrero de 2018

JORGE DIMITROV

   

 


                                                                                                                                       




jueves, 1 de febrero de 2018

ELIAS METCHNIKOV O LA VEJEZ FELIZ




(¡Atención! ¡Mucha atención! Se necesita urgentemente para salvar una vida que usted lea el presente artículo con mucho detenimiento. Este es un programa educativo destinado a personas que quieren vivir sanas sin tomar muchos remedios. Si va a ser visto por adictos, favor cerrarles el televisor y explicarles que drogas son todas las que se venden en farmacias. Resolución 1.029).

        Era Metchnikov un sabio culto, bondadoso y humano. Había nacido en 1845 en la Rusia de las miserias y los zares. Fiel a su pueblo, participaba de las ideas revolucionarias y se arriesgó a veces por propagarlas. Sus compañeros de Universidad lo llamaban “Dios no existe”, porque comenzaba toda discusión sentando este contundente principio ultra-spinoziano.
        Cuando a  fines de la década de 1880 se instaló como sabio en el afanado Instituto Pasteur, miles de personas desfilaron por allí con el solo objeto de conocerle. Las muchachas parisinas, sobre todo, se extasiaban ante aquel judío lleno de extraño romanticismo y que se le parecía a Jesús de Nazaret cuando todavía el Padre no lo había entristecido anunciándole que sería crucificado. Con igual propiedad hablaba Elías Metchnikov de ciencia que de arte y literatura; con parecida presteza exponía nuevas teorías, recirtaba amables versos y tarareaba pasajes de óperas populares.
         Tuvo dos esposas y a ambas quiso entrañablemente. La primera, Ludmila, asistió a la boda en silla de ruedas, iniciándose entonces años de sufrimientos y de viajes por toda Europa en inútil búsqueda de climas que curaran su fatal tuberculosis. Olga, la segunda, era sana y le amaba pero tenía muchos hermanitos con los cuales debía cargar el siempre bueno y bondadoso cuñado.
    Cuando llegó para instalarse en la Ciudad Luz, había realizado el descubrimiento de la inmunología moderna: la fagocitosis o propiedad que tienen los glóbulos blancos de engullirse los microbios (Si no fuera por ella pereceríamos a los primeros embates). En el París de Pasteur y Claudio Bernard vivió 20 años Metchnikov sin perder jamás la actualidad. Inventó un ungüento de cáloma que detenía el contagio de la sífilis terrible mal de la época; luego lanzó su teoría de la putrefacción intestinal que causa el endurecimiento de las arterias, el cual a su vez produce la ancianidad infeliz y prematura.
          Esta genial teoría del sabio ruso tuvo muchos amigos y detractores. Un científico alemán publicaba todos los años en la misma fecha,  una refutación de la fagocitosis y de la teoría de la putrefacción. En cambio, nombres como Anatole France, cumbres de la literatura, estuvieron con Metchnicov en todo momento. Anatole France proponía la extirpación del intestino grueso.
          Pero Metchnikov no llegaba a tanto Sabiendo que en Bulgaria numerosos campesinos pasaban de los cien años sanos y felices, intuyó que la causa de semejante bienestar era la costumbre de ingerir leche agria, pues los lacto-bacillos-cassei que contiene impiden la corrupción intestinal. Recomendó entonces el uso del yogurt, tan popular en los pueblos y campos de Bulgaria. Las dueñas de casa de Francia respondieron masivamente y fabricaron este producto en sus hogares por temor a la inocuidad de los yogures mercantiles.
        En este sentido recordamos que el ilustre médico y escritor colombiano César Uribe Piedrahita, autor de la conocida novela petrolera venezolana “Mancha de Aceite” y quien fabricaba yogurt en sus laboratorios, de Bogotá, decía que cualquier agregado (azúcar, etc) invalidaba la acción de los millones de bacilos lácticos que pululan en un pequeño vaso de leche.

SOBRE HÉROES Y TUMBAS

     

Pareciera que una de las condiciones indispensables en este siglo para ir al Panteón Nacional, es haber estado ligado en vida a la oligarquía venezolana.  Reinan cuando están vivos  apropiándose del per cápita de sus compatriotas y quieren reinar después de muertos.  Rufino Blanco Fombona, oligarca por los Blanco y por los Fombona, fue llevado hace algunos años a la tumba de los padres de la patria sin que hubiese habido una sola protesta.  Rufino tuvo los méritos de haber sido antigomecista y podríamos decir con justeza que gran escritor.                                             
Pero fue al exilio forzado después de ser castrista y gomecista y haber protagonizado crímenes y desastres en el Territorio Amazonas cuando fuera allí Gobernador.  Regresó a Venezuela después de la muerte de Gómez y se rebajó hasta lo indigno ejerciendo el cargo de Administrador de la aduana de Güiria.  El, que había sido gobernador de una provincia española y que se intitulaba representante intelectual de los exiliados, se rebajó como cualquiera de sus personajes del Hombre de Oro y el Hombre de Hierro al tratar de medrar en una de nuestras más pequeñas alcabalas marítimas, de las mismas que daba Gómez a sus coroneles para que se acomodaran.                             
Llevado luego por López Contreras a la gobernación del Estado Miranda se comportó despóticamente con relación a las libertades públicas porque estaba imbuido del anticomunismo del Presidente; lo último que hizo antes que lo destituyera porque ya no lo aguantaban más, fue desafiar públicamente en duelo a su propio Secretario General del Gobierno, el doctor Arocha.  Era un duelo con pistolas: -Nos ponemos a 20 pasos y vamos disparando cada cuatro pasos hasta que...

miércoles, 31 de enero de 2018

EL DELITO DE SER LOCO


                                
                                      El DELITO DE SER LOCO


“Apurar ¡cielos! pretendo
Ya que me tratáis así;
¿Qué delito cometí
Contra vosotros naciendo?

.. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. ..

¿Qué más os pude ofender
Para castigarme más?
¿No nacieron los demás?
Pues si los demás nacieron,
¿Qué privilegios tuvieron
Que yo no gocé jamás?..."

                                      (La Vida es sueño, Calderón de la Barca)


        La historia de “La Rotunda”, en su nueva época del año 1928 a esta parte, está íntimamente unida a Jesús María Pacheco Arroyo, el loco Pacheco Arroyo, quien llena con sus hazañas, vistas y contadas, las buenas horas de los secuestrados, cuya voz es la única que puede levantarse estridente en el silencio de terror que reina en toda la cárcel, y quien es también la víctima más usual para saciar sus iras todos los muchos que en “la Rotunda” están investidos de autoridad.
        Pacheco tiene 52 años y es de contextura formidable. A veces pasa en sus accesos de locura jocosa y declamatoria cuatro o cinco días casi sin comer, y no por eso disminuye su actividad ni da muestras de cansancio. Pasa noches enteras sin dormir, ocupado en hacer travesuras, y por la mañana amanece como si tal cosa. Lo bañan, le dan muchos vergazos, lo encierran, le amarran las manos con cables, le ponen grillos descomunales y al poco tiempo Pacheco está con el chiste en la boca, insultando y alabando, destituyendo y nombrando funcionarios de un fantástico gobierno. Pacheco nunca se enfurece aunque siempre está amenazado. El ingenio que pone en muchas de sus cosas y su buen ánimo le captan el cariño de todos los secuestrados. Ha estado en todos los departamentos y se ufana de que en ninguno lo han podido resistir. Cuenta constantemente los hechos de su vida pasada y pone en su narración tanta vida que se le oye largas horas sin cansarse. Tiene siempre a flor de labio una crítica para las cosas que ve mal hechas por los carceleros, y loco y cuerdo hace siempre uso de una gran generosidad para con los otros presos.
          Campesino arruinado, se vino a Caracas a bregarse la vida contando con el apoyo del cura Manuel Antonio, su hermano, camarero secreto de Su Santidad el Papa. Después de algunos años de residir en el centro, se volvió loco. En Petare un día, sin más ni más, se buscó una vaca brava de esas que aterrorizan a todo un pueblo y se la echó encima a una procesión de santos que conducía su hermano Monseñor, disolviéndola con gran escándalo. Este y otros síntomas acarrearon su llegada al Manicomio de Caracas en donde Pacheco comenzó a actuar más en grande:
 
        “Me puse a convencer a varios otros locos como yo que estaban allí de que debíamos fugarnos. A los tres días contaba como con ochenta locos que daban miedo, Esos sí eran locos de verdad, no como yo que soy un pendejo. Con unos ojotes que daban ganas de salir corriendo. Organizamos nuestra fuga a través de un patio que habíamos explorado. Y en un descuido de los guardianes que estaban por allá enamorando unas locas jóvenes, salimos, yo a la cabeza de mis ochenta locos, calladitos, evitando que nos vieran y dispuestos a estrangular al primero que se opusiera a nuestra paso. Yo me moría de la risa pensando en la sorpresa del cura mi hermano cuando viniera en la tarde a visitar a las Hermanitas del Manicomio; pero me contenía no me fueran a ver los otros, porque los locos son muy susceptibles. Brincamos por encima de un techo y salimos corriendo. Cuando llegamos a la calle pasé revista a mi tropa y no quedábamos más que seis. Pensé volver atrás a averiguar lo que pasaba al resto de mi gente pero me pareció peligroso; pensé mandar uno de los oficiales que me quedaba pero no me atreví porque el loco es loco y podían echar a perder la cosa. Al fin pasé número y ordené marcha al frente. Al poco rato y sin darnos cuenta de cómo, nos encontramos entrando a una casa por el corral, y las mujeres de ella, asustadas porque nosotros no respondíamos a sus preguntas salieron corriendo hacia la calle dando gritos. Vinieron unos policías y varios hombres más y se quedaron perplejos sin hallar qué hacer y sin poder deducir quiénes éramos. Lo que más les extrañaba era vernos sin sombrero y con los cocos pelados. Nos hubiéramos salvado porque yo les dije que éramos comerciantes de Santa Teresa del Tuy equivocados del camino y que estábamos buscando una salida para el monte. Pero de golpe llegó una maldita vieja, flaca, vestida de negro, con el dedo grande saliéndosele por el zapato roto, diciendo que se habían fugado los locos del Manicomio. Salimos corriendo hacia el solar como picados de avispa. Nos alcanzaron y nos volvieron a llevar para el Manicomio. Allí supimos que se habían matado varios locos de los del movimiento por haber brincado por sobre una pared que daba al precipicio.
        ¡Bien hecho por brutos! Si se hubieran venido conmigo no les pasa eso. ¡Y esos locos sí que me querían! Yo voy ahorita al Manicomio y con un solo grito paro una revolución. ¡Los hijos que salen malos es porque los padres son! Por eso es que me tienen aquí. Porque Gómez es un usurpador. Y todos los que mandan unas bestias apocalípticas que no conocen ni la a por lo redonda. Y cosa fea que debe ser una revolución de locos ¡Viva Pacheco Arroyo, carajo! ¡Vengan grillos y cadenas! ¡Viva el partido conservador que tiene cincuenta años de caído! ¡Viva la revolución! ¡Viva el continuismo de Andueza Palacios! ¡Viva Hermógenes López, mi padrino! “la Cochina de Naguanagua”! ¡Maldito sean los locos, carajo!

martes, 30 de enero de 2018

LOS CORRUPTOS DE MÉXICO


        En 1911, a la caída de Porfirio Dïaz (el Juan Vicente Gómez mexicano), México irrumpió en América con una revolución campesina y burguesa que sacudió los cimientos de todo el continente. En una heroica lucha de varios años con sacrificio de decenas de miles de vidas, los compatriotas pobres de Benito Juárez intentaron sacudir el yugo feudal y terrorista que les venía desde el arribo en 1519 de Hernán Cortés, el primer conquistador. “Hoy –informaba Cortés en carta a Carlos V–  tuvimos  un bue n día pues en una sola salida nuestros hombres mataron 5.000 indios.
        Los dos grandes héroes de la Revolución Mexicana, Francisco Villa y Emiliano Zapata, fueron asesinados sucesivamente, quedando en el poder los generales más ladrones que jamás registraran los anales. Desaparecido Venustiano Carranza, entró a ejercer el mando constitucional uno de sus generales, Alvaro Obregón. Contaban que perdió un brazo en una batalla y que los largos esfuerzos por localizar el miembro ya resultaban inútiles cuando a alguien se le ocurrió lanzar una moneda de oro al suelo y el brazo desprendido de Obregón, se incorporó para apoderarse del áureo disco.
        Obregón, Plutarco Elías Calles y el licenciado Portes Gil planearon un sistema de latrocinio y engaño que sólo tuvo un paréntesis cuando gobernó el general Lázaro Cárdenas, el nacionalizador del petróleo. Ni siquiera el bipartidismo satisfizo las ansias de perpetuidad gubernativa de estos traficantes que optaron por el sistema del Partido Unico (P.R.I.). Desde muy temprano aprendieron a manipular las elecciones y sus resultados. Voten por quien voten y haya la abstención que sea, siempre el PRI aparece ganando por inmensa mayoría de sufragios. –Mientras más odiamos al PRI –dicen en México- más votos aparece sacando en las elecciones”.

PARA AUTORES EN BUSCA DE PRÓLOGOS





Hace tiempo redactamos un Prólogo estándar para uso de ensayistas y noveladores que no  tienen quien  les escriba. También sirve como solapa de cualquier libro, la parte que más leen nuestros eruditos a la violeta.

EL AUTOR Y SU OBRA

         Pocos autores han ahondado tanto en la problemática sociológica de la moderna praxis literaria como el autor de este relato. Es como si realizara el genocidio de un mundo fantástico para que la fabulación de sus vivencias herméticas lleguen hasta el hombre común. Visión realidad o realidad visión –no se sabe a ciencia cierta- porque lo extemporáneo se mezcla con lo presente, el devenir se hace pretérito y el tiempo fluye en el espacio intemporal. Las tres negaciones fundamentales de Kierkegaard, pertenecientes también a la ecológica de Kafka, sobreviven en este relato, y si pide prestado a Mika Waltari su nefer nefer nefer es como incidentalmente, para distender el ánimo antes de asestarle la terrible impactación subliminal.
         En materia de lenguaje también el autor de esta obra luce una ensayística semántica, pero sin caer en el algoritmo filológico. Él burila nuevas facetas en las palabras y las engarza a la frase transformando el abalorio en joya valedera; podríamos decir que crea una ideografía propia, sin banalismos académicos, con la misma intuición con que Alighieri hizo del toscano lengua de poesía.
  Frente a los grandes problemas contemporáneos de la superviviencia del homo sapiens, él se acoge a la idealística material de un romanticismo práctico sin dejarse alienar por la masificación intelectual del progreso, pues teme que ella sea sólo un producto de los espejismos ustorios inherentes a toda filosofía contestataria. A veces se creería que él hace suyo el Eros marcusiano de la “socialización psíquica”, pero luego comprende uno que se aparta de Marcuse acusando (con tácita elegancia) al teórico del marxismo capitalista de querer abrir espitas laterales para que por ellas se produzca “una gigantesca liberación de energía destructiva”. Con Chardin y Maritain, él está a medio camino entre Lukács y Roger Garaudy sin adorar al becerro de oro maltusiano, porque considera que el hombre (y no la mercancía) es el eje y el objeto del universo previsible.
       El hecho de que él haya tomado de Faulkner su mecánica narrativa, no le ensombrece pues lo hace con audacia quiroguiana y con la “difícil facilidad” fantasmagórica de Sábato. “Ese gran libro” nos deja un regusto a Proust y su autor demuestra que las posibilidades de la palabra escrita están muy lejos de haber sido agotadas.

Diario El Nacional. Escribe que algo queda.

lunes, 29 de enero de 2018

LA MUERTE DE ADALID PRIMERA



       

           Nosotros, que lo contemplamos en la morgue con el cráneo fracturado y la mandíbula inferior hecha pedazos, no acertábamos a comprender la crueldad inútil de esa fuerza misteriosa que llaman el destino.

  
   Su cuerpo grande y fuerte, exánime ya, imponía el respeto que suscitan los despojos mortales de quienes abnegadamente y con todo valor, dieron en vida un paso adelante por la dignificación del hombre.  Su cerebro repleto de armonías y los pulmones aún henchidos de aire popular, parecían negarse a morir mientras el Atlante de la canción revolucionaria no depositara su mundo de verdades.
        El Aula Magna de la Universidad Central que lo vio tantas veces encender el entusiasmo juvenil con el fuego de su canto, resultó ahora pequeña para contener a las miles de personas, estudiantes, intelectuales y trabajadores, que acudieron a decirle adiós quien nunca se irá de su memoria.
         En la urna mortuoria, vestido de camisa roja deportiva y pantalones bluejeans, con los brazos cruzados sobre el pecho y en las manos una flor, estaba, sencillo y tierno como siempre, el cantor de los trabajadores.  Mirándolo, uno recordaba sus sentidas baladas a los pobres, marginales e injusticiados.  Parecía querer cantar de nuevo la miseria de los ranchos: “Que triste es oír el agua/ sobre el techo de cartón”.
         Perseguido por la miseria, igual que a sus padres y a sus once hermanos, aquel niño juró, como Neruda, no darse descanso hasta no proscribir del seno de las masas dolientes a la implacable enemiga.
         Nació y murió pobre, predicando el fray ejemplo de su vida.  No hizo gritar sus discos para grabar monedas; no cantó a los poderosos y atacó siempre, con todo coraje, a los gobernantes que actúan contra los destinos del pueblo.

domingo, 28 de enero de 2018

LAS MADRES QUE MÁS SE NOMBRAN

                                 
Mamá yo quiero saber
de dónde son los farsantes
que  los veo tan elegantes
y  los quiero conocer.
Las matronas más famosas
por sus vidas dolorosas
son las recias heroínas
de las plazas argentinas,
madrecitas siempre en mayo
invocando  luz de rayo
contra  viles sabandijos
que inmolaron a sus hijos.

La madre más desgraciada
que habita en lóbrego rancho
trabaja duro y ancho
con prole y abandonada.
Un hijo desocupado
y el otro superdrogado
Y su muchacho sincero
que vive de su ideal
ayer cayó prisionero
de la injusticia social.

Entre las madres peludas
está la mamá de Judas,
Gumersinda de Iscariote
una vieja tan sipote que
los cobres de la venta
agarrólos por su cuenta y
se compró en Nazareth
una Toyota 90
y un bellísimo chalet.
La madre del rey Nerón
doña Chévere Agripina una
señora muy fina pero el hijo
tan matón tan vago y
estrafalario que ponía un
incendio diario por mirar la
quemazón.
La madre de Catilina,
la señora Catilón,
que dice era divina,
un monumento, un hembrón
pero el viejo Cicerón
la trataba con inquina
porque  la vio en la piscina
de Terma Caracallina
sin blusa ni pantalón.
Es también muy conocida
la madre del homicida,
y de fama universal
la del que viene a cobrar.

Mentada en el mundo entero
es la madre del casero
y  con mención la más negra
la pobre madre de suegra.
También se nombra bastante
la madre del adulante,
la del dueño de autobús,
la del que pica la Iuz,
la del que adultera un texto
la del que nos quita el puesto,
la del Juez que nos condena
a sufrir injusta pena;
la del testigo que calla
y la del carro con falla.
La mamá se le recuerda
también  al que no se acuerda
de  los manejos insanos
de adecos y copeyanos;
al  que hace malas comedias,
al que apesta con sus medias,
al  que las echa de amargo;
al que practica un embargo,
al que niega una peseta,
al que nos pone ampolleta,
al  que nos saca una muela,
al que nos echa una pela,
al que nos hace un registro,
al que engaña con su Cristo,
al que suena la cometa
para ordenar metralleta.
Al que hace de funcionario
de un Gobierno represor;
al que asesina un canario
el que mata a un ruiseñor.
La última madre que nombra
aquel que la pata estira,
cuando el aire ya no aspira,
porque se convierte en sombra,
es la madre del doctor
cuando dice sin acierto:
—Este carrizo esta muerto
entiérrenlo, por favor.

UN CURA LLAMADO MALTHUS


        En el siglo XVIII un célebre general europeo dijo: “El mundo será feliz cuando se ahorque al último cura con la tripa del último juez (o viceversa)”. Parodiándolo, una dueña de casa expresaría que Venezuela será feliz cuando se ahorque al último director del INOS con la tripa del último Ministro de Fomento.
       El citado general fue demasiado general con relación a la curecía, pues entre los clérigos ha habido nombres muy gloriosos. Un cura llamado Nicolás Copérnico fue quien inició la revolución científica moderna al demostrar, en los comienzos de 1500, que son la Tierra y los demás planetas los que giran alrededor del Sol y no a la inversa.
       Otro cura llamado Giordano Bruno prefirió ser quemado como hereje antes que abjurar de sus ideas, copernicanas o propias. Cuando lo llevaron al último suplicio entre un lúgubre cortejo de militares y religiosos, un sacerdote de la Inquisición se le acercaba de techo en trecho y poniéndole un crucifijo cerca de la cara le gritaba: “¡Abjura, hermano, y serás perdonado!”.
       -¡Vive Dios!, gritaba Giordano, furioso-: ¡No abjuro!

LA CORRUPCIÓN Y EL ENRIQUECIMIENTO EN LA HISTORIA DE VENEZUELA


Bolívar dictó un decreto de guerra ordenando se  fusilara  a quien robase más de 10 pesos.
Páez se hizo sumamente rico, comprando por bagatelas, los derechos de tierras fértiles que Bolívar había dado a los soldados de la Independencia. Pero no metía las manos en el tesoro nacional.
Soublette  fue honrado con exageración. Centenares de periodiquitos, existentes entonces, lo llamaban ladrón y cuando terminó el período tuvo que vender sus bienes para pagar las deudas.
Monagas era muy rico y en 10 años de gobierno, con el monopolio de sal, aguardiente y tabaco, aumentó enormemente su fortuna. Cuando fue derrocado el pueblo gritaba: “¡Mueran los ladrones!”.
Guzmán Blanco se robaba casi todo el montante de los grandes empréstitos que él mismo contrataba en Inglaterra. A 20 años de gobierno dijo: “Mi fortuna es una de las más respetables de América”.
Crespo murió rico, pero si no lo matan en la Mata Carmelera lo hubiera sido más. No solía pagar a nadie y eso que lo llamaban “El héroe del deber cumplido”.
Castro robó moderadamente, pero Gómez se robó la quinta parte de la riqueza nacional.
López Contreras y Medina no robaron.
En la llamada DEMOCRACIA los ladrones se soltaron el moño.

No se han estudiado detalladamente los casos de corrupción de los tiempos de la Independencia, aunque han debido abundar si lo juzgamos por el Decreto de Guerra del Libertador ordenando fueran condenados a muerte los que robasen más de diez pesos de los dineros públicos.
El  General José Antonio Páez, quien manejó los destinos de Venezuela por sí y a través de interpuestos personajes, por más de 20 años, parece no incurrió en el repugnable hecho de enriquecerse metiendo las manos en el tesoro. Llegó Páez a ser nuestro más grande terrateniente, gracias al expediente indigno  de comprar a sus  ex soldados, que lo acompañaron en la gesta gloriosa, las boletas que les daban derecho a determinadas extensiones de tierras fértiles, según el patriótico decreto del Libertador.
El General Carlos Soublette fue en realidad quien presidió la administración pública en tiempos de Páez, unas veces como presidente constitucional y otras como vicepresidente encargado. Era un hombre asombrosamente probo; aguantaba estoicamente todas las acusaciones de ladrón que le hacía el enjambre de periodiquitos liberales que se publicaban irrestrictamente en todo el país, y cuando salió de su última presidencia (1847) estaba arruinado y tuvo que vender sus bienes para cancelar las deudas. Algunos le aconsejaron que hiciera uso de la Ley de Espera y Quita promulgada durante su gobierno para protección de los deudores morosos, pero él se negó.
José Tadeo Monagas, caudillo de la Independencia como Páez y quien gobernó junto con su hermano desde 1847 hasta 1858, era un acaudalado terrateniente ávido de dinero. El y sus familiares se enriquecieron con el monopolio de ciertos renglones de consumo (aguardiente, sal, tabaco); cuando fueron derrocados la gente gritaba en las cales de Caracas “¡Abajo los ladrones!”.
 Después de la Guerra Federal ejerció la presidencia el General Juan Crisóstomo Falcón, pero pronto se cansó y se fue a sus tierras de Churuguara, encargando del mando a personas de su confianza, entre ellos al valenciano y humorista Carlos Arvelo. Falcón no sólo no robaba sino que mantenía quebrado el tesoro pues enviaba constantes vales a favor de las personas que iban hasta Churuguara a pedirle sus auxilios: “Primero se cansarán de pedirme que yo de dar”, solía decir.
El General Antonio Guzmán Blanco, quien fue el verdadero civilizador de Venezuela, era un hombre voraz de dinero. Se enriqueció fabulosamente robándose la mayor parte de los empréstitos que él mismo contrató con Inglaterra antes de ser presidente. Después de casi 20 años de incesante mandar y robar solía decir: “Mi fortuna es una de las más respetables de América”.
Joaquín Crespo, quien fue presidente a fines del siglo pasado, se enriqueció pero no tuvo tiempo de hacerlo desmedidamente porque lo mataron en la pelea de la Mata Carmelera. Cipriano Castro, quien vino después y mandó hasta 1908, se hizo con un patrimonio ilícito de varios millones.
Pero el campeón del enriquecimiento ilícito fue Juan Vicente Gómez. En 27 años de dictadura amasó una fortuna considerable; cuando murió, el inventario imperfecto de sus bienes arrojó cerca de los 150 millones de bolívares, suma fabulosa para la época y equivalente a casi la quinta parte de la riqueza nacional. Dejó más de 2.000 haciendas en Aragua y Carabobo, según datos del historiador Salcedo Bastardo.
Ni Medina, ni López Contreras ni Betancourt, metieron sus manos en el tesoro, pero quien les siguió, Marcos Pérez Jiménez, dio impulso a la corrupción administrativa y el enriquecimiento ilícito como no se veía desde tiempos del Benemérito.
En el período provisional del Contralmirante Wolfang Larrazábal no hubo corrupción en las altas esferas ni enriquecimiento ilegal. La llamada era democrática iniciada con Betancourt en 1960 trajo consigo un aumento progresivo de la corrupción y el enriquecimiento, ahora con la nueva modalidad de ser ejercida “democráticamente” es decir por la mayor parte de los funcionarios.
Este mal que corroe las entrañas de la nación es responsable de que se hayan dilapidado más de 900.000 millones de bolívares en 25 años. Venezuela no es un país pobre, pero ha tenido muy pobres gobiernos.    

Diario El Nacional, Escribe que algo queda.